Con la vista fija en un punto que corría velozmente sobre los campos y pueblos por los que el tren los llevaba, ella no podía silenciar los hirientes chillidos que le agitaban brutalmente los tímpanos, no podía detener a la feroz bestia que arremetía contra su masa gris. Levantaba la mano para comprobar el desmesurado temblor que el dolor le provocaba. No podía gritar, pero así su cuerpo lo deseaba. Lágrimas corrosivas se deslizaban por sus níveas y gélidas mejillas. Deseaba la muerte. No quería estar más allí y así. No podía aguantarlo más.
Sacando difícilmente las pocas fuerzas que su frágil cuerpo albergaba, tiró del pomo de aquella venta que tantos minutos había estado observando. Abrió la puerta de su liberación, de su descanso. Puso un pie en el borde, y se paró a sentir la vertiginosa sensación de la velocidad bajo sus botas de agua. Cerró los ojos y sonrió.
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